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La educación en tiempos de odio

¿Cómo podrían los oprimidos iniciar la violencia, si ellos son resultados de una violencia? ¿Cómo podrían ser los promotores de algo que al instaurarse objetivamente los constituye?

No existirían oprimidos si no existieran una relación de violencia que los conforme como violentados, en una situación objetiva de opresión.

Son los que oprimen, quienes instauran la violencia; aquellos que explotan, los que no reconocen en los otros y no los oprimidos, los explotados, los que no son reconocidos como otro por quienes los oprimen.

Quienes instauran el terror no son los débiles, no son aquellos que a él se encuentran sometidos sino los violentos, quienes, con su poder, crean la situación concreta en la que se generan los “abandonados de la vida”, los desharrapados del mundo.

Quien instaura la tiranía no son los tiranizados, sino los tiranos.

Quien instaura el odio no son los odiados sino los que odian primero.

Quien instaura la negación de los hombres no son aquellos que fueron despojados de su humanidad sino aquellos que se la negaron, negando también la suya.

Quien instaura la fuerza no son los que enflaquecieron bajo la robustez de los fuertes sino los fuertes que los debilitaron.

Sin embargo, para los opresores, en la hipocresía de su falsa “generosidad”, son siempre los oprimidos —a los que, obviamente, jamás dominan como tales sino, conforme se sitúen, interna o externamente, denominan “esa gente” o “esa masa ciega y envidiosa”, o “salvajes”, o “nativos” o “subversivos”—, son siempre los oprimidos, los que desaman. Son siempre ellos los “violentos”, los “bárbaros”, los “malvados”, los “feroces”, cuando reaccionan contra la violencia de los opresores.

En verdad, por paradójico que pueda parecer, es en la respuesta de los oprimidos a la violencia de los opresores donde encontraremos el gesto de amor.*

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La educación en tiempos de odio

La educación es presa de la violencia, de negociaciones de interés político, de la negligencia histórica de algunos sectores de profesores, de la apatía ciudadana y el mercantilismo despiadado que busca desbordar sus arcas económicas olvidándose de toca ética. Olvidémonos de colores, de profesiones, de posiciones, dejémonos de sentirnos víctimas de un sistema que nos oprime salvajemente, pero que irónicamente nosotros hemos alimentado a ese gran monstro. Somos cómplices de la situación actual del país, hemos dejado pasar las inmensas oportunidades que nos da la vida para hacer una verdadera revolución social por la vía violenta o pacífica, hemos postergado la decisión de promover las transformaciones radicales y hemos optado por la comodidad de mantener a la consciencia dormida.

 Dicen los medios de comunicación que los violentos, los bárbaros, son los que no quieren el progreso del país, que la Coordinadora Nacional de Trabajadores (CNTE) son un grupo de “huevones” que buscan mantener sus privilegios que han ganado a base de chantajes políticos (olvidando la sangre derramada por miles de compañeros docentes), olvidan que estos violentos maestros han sabido dar amor en sus comunidades, han dado tiempo, apoyo, recursos, consejos a pesar de las condiciones tan precarias a las que se tienen que enfrentar. No somos hijos de la caridad pues dentro de nuestras filas hemos permitido la permanencia de “profesionales de la educación” que no valen ni un peso, hemos dejado que dirigentes hagan y deshagan los rumbos de los movimientos de lucha magisterial, pero lo peor de todo, no hemos tenido la capacidad de formas cuadros críticos de estudiantes que se conviertan en ciudadanos críticos, exigentes e inconformes.

Los padres de familia, para los ciudadanos de a pie, que se siente entre la espada y la pared, han de tener culpa en no comprometerse en la vida cotidiana de la escuela, en convertirla en una guardería de tiempo completo, ahí su gran error, ustedes son precisamente quienes completan el triángulo de la educación entre estudiantes, profesores y ustedes padres de familia, ha sido indiferentes a las problemáticas educativas, se han dejado dominar por la indiferencia, por la desinformación de los medios de comunicación ¿cuántos de ustedes en verdad conocen las demandas docentes? ¿Cuántos de ustedes conocen el contenido de la reforma educativa? Cuan fácil es señalar con el dedo la culpabilidad de los profesores y no la de ustedes.

 Qué decir del estado y los poderes fácticos, no viven nuestro mismo mundo, no pisan nuestras mismas calles, no ven lo que nosotros vemos, cuando los de arriba nos escuchan a los de abajo el único camino es el caos, la humillación de hombre por el hombre para poder sobrevivir. Ellos han olvidado quién los sostiene, quién les complace sus comodidades, están logrando la inconformidad hasta su punto máximo, un hartazgo que se convertirá en el motor del derrumbamiento de este modelo social tan perjudicial.

* Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI.

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